El hombre casado tiene una gran responsabilidad que debe asumir cada día: alimentar espiritualmente a su hogar, a su esposa y a sus hijos. Esta tarea es tan necesaria e importante como proveer en lo material, emocional y físico. Este privilegio —porque lo es— es también un mandato que Dios ha puesto sobre los hombros del hombre, y por eso debe asumirse con esfuerzo, dedicación y amor.
El apóstol Pablo, en su carta a los Efesios, capítulo 5 desde el verso 25 en adelante, enseña que el esposo debe amar a su esposa como Cristo ama a la Iglesia. Es muy interesante la manera en que Pablo lo expresa: el modelo para amar a la esposa es el mismo amor de Cristo por su Iglesia. Cristo la protege, la sustenta con su Palabra, la instruye y la cuida.
Por lo tanto, el hombre viene a ser una representación de Cristo para su hogar. No se trata de un estándar cualquiera. Cristo es la Palabra encarnada de Dios, y por eso el hombre del hogar debe alimentarse de las Escrituras para poder pastorear a su familia con la Palabra de Dios.
¿Pueden tu esposa e hijos ver a Cristo en ti? El esposo debe buscar en la Palabra la sabiduría y la fortaleza necesarias para guiar, cuidar y edificar su hogar para la gloria de Dios.
Ser pastor del hogar no es una tarea ligera ni secundaria; es un llamado divino que requiere entrega, disciplina y dependencia de Dios. Cada día, el esposo tiene la oportunidad de reflejar a Cristo en su casa, no desde la perfección, sino desde la obediencia y el amor. Que cada hombre busque en las Escrituras la guía necesaria para vivir este llamado con fidelidad.
